Un día en el campamento migrante de la CDMX

Por Argel Jiménez

Foto: Alejandro Herrera Ortiz

Miércoles 7 de noviembre de 2018. Es un día más en el campamento instalado en el estadio Jesús Martínez Palillo. Los migrantes van y vienen.

Se trata de hacer vida en el estacionamiento que alberga camiones de limpieza  dental y consultas médicas. En la mera entrada hay unas seis estilistas mujeres que cortan el cabello a mujeres, adolescentes y niños. Otras seis depilan cejas  a señoras y jovencitas  de todas las edades. Les pegan una tela blanca alrededor de la misma y esperan a que haga efecto el procedimiento.

En total son doce sillas que ven un ir y venir de hondureñas, que tratan mimar su aspecto físico, porque ¿quién dice que para cruzar varios países antes de llegar a su destino final, no se debe estar presentable?

Al parecer el menú que ofrecen las religiosas en una de las carpas se sirve constantemente. Hoy toca arroz con frijoles, dos rebanadas de pan blanco de caja y una bebida rehidratante de mandarina-naranja.  La orden religiosa no discrimina a nadie y a todos los que pasa les regalan lo que pidan.

El común denominador en el día a día es hacer fila para todos los servicios  que diferentes organizaciones  civiles ofrecen a los andariegos centroamericanos. En forma de dos gusanos retorcidos que da varias vueltas por todo el estacionamiento y separados por género, esperan su turno para llegar a ser los primeros de la fila. Mientras más avanza la fila, el espacio entre persona y persona se hace cada vez más estrecho, hasta que es nulo y los pechos se juntan con las espaldas.

A lo lejos se escuchan los clásicos chiflidos que anuncian el avistamiento de una belleza femenina. Agarradas de las manos, una chica de ojos claros y piel morena (clásicos en la mayoría de mujeres hondureñas), de unos veinticinco años, va acompañada de un travesti de cabellera rubia. Las dos se ruborizan por los chiflidos y sonríen nerviosamente.

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“¡No se metan! ¡No se metan!”, grita una señora de más de cuarenta años. “Hay aquí unos del número 8”, dice uno de los encargados de la mesa que entrega tenis de diferentes modelos y crocs (chanclas cocodrilo) de diferentes colores. Ninguno de los primeros de la fila calza de ese número y los van pasando para atrás hasta que encuentran su destino final en un hombre alto y robusto  de cabello crespo.

“Aquí hay unos del número seis”. Varios de ellos  se pelean por el par de crocs color azul. La encargada hace malabares para que no se los arrebaten  y se los extiende en la mano al que va primero en la fila.

En la hilera de mujeres se reparten para ellas y para los niños. “¿Por qué nos hacen formar si van a dejar  que se metan?”, pregunta una señora que manotea ante las abusivas o las “abusadas” que se meten en la fila.

Mientras, un hondureño sale de la fila un poco decepcionado y con un gesto de resignación y dice: “Son unos tenis de unos veinte dólares, pero está bien”.

Es tanta la demanda que en poco tiempo ya no quedan ni números grandes ni pequeños.  Los organizadores de la repartición anuncian que ya no queda nada. Los gritos de frustración no se hacen esperar. Los organizadores los tratan de calmar diciéndoles que hay calcetines y pañales.

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Una parte de la fila se rompe. Por lo menos quieren alcanzar un par de ellos o un paquete de pañales. “¡No se metan!”, gritan en las dos filas.

Los gritos de los encargados de la repartición resultan infructuosos. “Ya no hay chicos, lo sentimos mucho”, dice una joven de la Ibero. Su rostro refleja impotencia por la cantidad de hondureños que se quedó sin un par.

Los catrachos se aferran a sus lugares y gritan. De ninguna manera piensan romper la fila. Esto hace exasperar a un obeso policía de Protección Civil y les grita de mala manera: “¡Ya no hay nada y no me griten!” Los hondureños responden: “¡Hay unos que agarraron tres o cuatro pares de zapatos!” El obeso policía, que según está capacitado para guardar la calma en los momentos difíciles, no tiene la sensibilidad y sigue vociferando “¡No me griten!”

Le secunda en su “neurosis” una señora gorda que viste un suéter rosa mexicano. Hace gestos fuera de control. “¡No me griten!” Sus ojos lucen desorbitados y levanta su dedo índice en advertencia.

Los hondureños, que en ningún momento tratan de faltarle al respeto, le dicen: “Hay algunos que agarraron tres o cuatro pares de zapatos”.

“Hay uno que tiene una pila de zapatos en su casa de campaña. Le dije que me regalara un par y me los quería vender en cien pesos. Denos un número para mañana (y poder pasar por unos tenis)”.

Una señora de vestimenta religiosa  se une  a tratar de explicar a los necesitados que ya no hay  más pares de tenis y que tratarán de traer unos pocos para mañana. Ellos le explican: “Yo ya iba a llegar y no alcancé, de nada sirve formarse si se meten”.

 “¿Para qué apuntamos nuestro número de calzado sino respetan? Muchos agarraron zapatos de más y los andan vendiendo en 150 pesos y las gorras en 100 pesos”.

“¡Unos zapatos aunque sean  de hombre!”, clama una hondureña de unos treinta años. La religiosa solo atina a decir “ya no va a haber más”.

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La enorme fila se ha desintegrado. Solo una veintena de persona siguen formadas. Ninguna explicación los hace moverse de su lugar. Ellos saben que es una batalla perdida, pero nada los mueve.

El joven José Santo (oriundo del Departamento de La Ceiba), de no más de 1.50 metros de estatura, piel morena  y una sonrisa  que delata un diente frontal a la mitad, observa el actuar de sus compañeros de camino, pero no dice nada de lo que ve.

Él mejor cuenta que engañó a su mamá para salirse de la casa. Le dijo que se iría a trabajar al Departamento de Colón con seis amigos. Fue sólo hasta que llegó a Guatemala que optó por revelarle su verdadero periplo. Su mamá solo atinó a desearle buena suerte y darle su bendición.

Con un tono de voz apenas audible, cuenta que salió  hace un mes de su país natal en busca de mejores oportunidades, ya que la maquila no le dejaba mucho dinero. Lo escucha también Mauro Rivera, un hondureño que lleva tres meses tratando de llegar Estados Unidos.

Cuenta las peripecias que ha pasado al entrar en México junto con un chapín que conoció en Chiapas. Su tono de voz es alto y su manera de hablar es fluida. Con una manera trepidante cuenta sus historias. Dice que conoce todos los albergues del sur del país y, por ende, varios estados. Pero del estado que quedó maravillado fue de Jalisco, especialmente del municipio de Tequila.

Ahí, él y su amigo guatemalteco, se pusieron a periquear (palabra que se utiliza en Guatemala para pedir dinero). “Allá el dinero sobra. Todo mundo nos daba. Llegué a juntar mil pesos en monedas de peso, dos y cinco. No me lo van a creer, pero me iba de lado con tanta monedas que me guardaba en el pantalón. Decidí en poco tiempo cambiarlas en un Oxxo y cuando llegué, el cajero me preguntó que de donde había sacado tanto cambio”.

“¡Trabajando!, le contesté”. La respuesta provoca la carcajada de José Santo, y termina diciendo: “A mí no me da pena pedir dinero”.

“Con ese dinero me compré un celular de mil pesos y un llavero de piel que dice Tequila”, que muestra orgullosamente.

Comenta que ya no pudo pasar por Sinaloa porque le dijeron que todo estaba inundado por el huracán Willa. Fue cuando se enteró que la caravana de sus paisanos pasaría por la Ciudad de México y decidió regresarse para ver qué pasaba.

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Mauro Rivera, un hondureño de unos 35 años, barba de candado, ojos claros con estrabismo y de piel clara, prefiere viajar solo “porque así, dan más dinero; en cambio, en caravana, dan poco o nada”.  

Deciden terminar la charla y nos despedimos. Ya es de noche y la luz artificial se hace presente. Adentro del estadio Palillo proyectan un corto animado. El sonido  no se escucha o quizá así sea.

Alrededor  de la pantalla grande  están  unos cincuenta hondureños que observan en silencio y tapados con cobijas en la espalda. Algunos tienen la mirada perdida en la nada. Muchos de ellos solo quieren sentirse cerca de otro, pensando tal vez en la familia y la vida inconclusa que dejaron, la casa en donde vivían y el futuro incierto que tienen por delante.

El ambiente se hace íntimo y es mejor respetar el silencio que envuelve la atmosfera.

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Afuera, en la cancha de Futbol 7 que está a un lado del estacionamiento y que los días anteriores estuvo cerrada, hoy lucen sus puertas abiertas. Dos equipos de señores gordos  se aprestan a disputar su partido de la semana.

Un equipo trae el uniforme del Borussia Dortmund y apenas se están vistiendo. El otro es un equipo en formación. Se distingue porque todavía no cuentan con uniforme.

El portero del Borussia es el primero en estar listo. Con guantes en manos, hace movimientos de calentamiento debajo de los tres palos. De por ahí cerca, tres meninos hondureños saltan a la cancha con los pies descalzos y de inmediato piden permiso para tirarle tiros. El portero de uniforme negro y verde esmeralda acepta.

De unos ocho o nueve años se disponen a probar las habilidades del regordete cancerbero. Los cañonazos de los niños empiezan a salir por todos lados de la portería. Se tira al césped artificial de un lado para otro. Siente el rigor de los trallazos y pide de manera amable que tiren lo más lejos posible.

“Detrás de la línea blanca. Tiren detrás de la línea blanca que está fuera del área”. Los niños acceden pero los tiros siguen saliendo potentes. Al portero no le queda de otra más que aguantar.

Los ídolos infantiles globales no se hacen esperar en la cancha. Después de tirar un tiro libre con la postura que hace CR7, y que termina en gol, festejan con piruetas.

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Mientras esos niños juegan sin importarles nada, dos pequeños grupos de hondureños deliberan cuándo se deben ir del albergue. Unos de manera airada dicen que mañana mismo, otros dicen que tendrán que deliberarlo en la asamblea de mañana.

Así, con decisiones grupales, trazan el destino que para la mayoría de ellos no tiene vuelta atrás.

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