Un domingo como cualquiera

Por Karenina Díaz Menchaca

 

Para personas como yo, los domingos pueden ser el peor día de la semana y como ya lejos estamos de domingos de ramos y partidiaria no soy del futbol  ni de reuniones familiares, si acaso la salida al cine, o a la marcha triunfal de las compras para rellenar la despensa; o ya de plano, la llamada pendiente del teléfono a alguien que se me escapó por las prisas durante la semana.

 

Los domingos anuncian descanso, aunque quizás no para todos  y mucho menos para los periodistas, ellos, pobres nunca reposan, para un editor la faena seguro no se detiene ni por nada, porque mañana es lunes y los lunes todos lloran, se amanece con esa consigna de matar a quien sea.

 

Pero para mí los lunes son la esperanza, el ritual sí, pero el venidero camino que me arroja por delante a lo que quiero, y según dicen las terapias Gestalt, el anunciamiento del ‘Aquí y el Ahora’, más que nunca pronunciado y tan temible. Hoy sin más, le pregunté a un amigo en un mensaje de celular, cómo era eso de vivir en el Aquí y en el Ahora, y me dijo: “Dejar de pensar y actuar”. ¿En serio?, pregunté. No hubo respuesta, pero no quise llamarlo para no gastarme mi crédito, y como él ya renuncio hábilmente al facebook, ni cómo encontrarlo para que me sacara de mi duda existencial.

 

Así que los domingos uno se encuentra a gente en las redes sociales, que como una servidora no salieron de casa, o que vienen llegando de un compromiso al que no se puede renunciar, o esas cosas de familia, que ni hablar.

 

Cuando era niña, los domingos tenían otro matiz. Mi padre nos recogía en casa de la abuela materna, donde siempre pasábamos el fin de semana completo desde el viernes. Aunque, viéndolo bien, también eran un poco tristes porque eso quería decir que se acababa la diversión, al otro día a clases y a veces sin la tarea terminada; regaños seguros por parte de mi madre por no haber cumplido desde antes.

 

¡Oh! Qué bellos eran los fines de semana entonces: Interminables y fantásticas eran las visitas a casa de los primos. Las cenas con los tíos, en esa cocina pequeña en donde nos hacíamos caber unas siete personas. Nunca faltaban las historias de horror, la presencia de un gato blanco pachón, que en la oscuridad nos miraba desde afuera del patio con sus grandes ojos rojos, entonces aventábamos a la tía miedosa hacia él, y sus gritos eran las carcajadas nuestras. En el día, era raro ver al gato, de hermoso pelaje, angora,  pero en la noche cobraba otro aspecto que aterraba a cualquiera; y nos subíamos entonces al calor de las historias, juntos en hilerita por las escaleras de caracol mirando hacia abajo al fondo del granito negro de los escalones.

 

En esa casa siempre espantaban, decían, pero yo nunca lo supe hasta que crecí, para mí los pasos en las escaleras, algunas risas y movimientos eran parte de esa realidad. Eso sí, teníamos prohibido ir a los cuartos del fondo del patio, llenos de tiliches, cosas y más cosas, abultadas por el tiempo, cientos de telarañas y ratones que a sus anchas jugaban.

Una vez, no sé si fue en domingo, descubrí una ouija que decían pertenecía a mi madre, y pues como los domingos eran los días para los quehaceres de la casa, y yo aún era niña, me la pasaba jugando con esa cosa, preguntándole tonterías que ya ni recuerdo si fueron verdad. Mi madre me la vio un día y según cuentan, la quemaron o la regalaron, ¡qué más da!

 

Ahora es domingo y no me gustan los domingos, pero ya casi se acaba y me espera un sueño, porque siempre sueño. Espero no sea la ouija o la casa de mi abuela, que hasta ahora me resucita el miedo.

 

@kareninadiaz

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