Una cárcel dentro de otra (las manos que también bordan)

Por Alejandra Rojas Sebastián

 

“Ahí aprendí a lavar mi ropa y tender mi cama”. Así empieza Juan su historia. En la muñeca lleva tres pulseras que él mismo aprendió a tejer y un collar con la imagen de Piolín, también bordado por él.

 

Tiene 15 años y a su corta edad ha sido dos veces detenido por la policía y las mismas veces ha salido del tutelar de menores porque su padre ha pagado para que salga lo más pronto posible. “La próxima sé que mi papá me sacará”, asegura con una mirada retadora.

 

Juan llegó a la escuela como parte de su reintegración a la sociedad, sin embargo, las escapadas al baño son únicamente para escapar más allá. Utiliza los espacios sólo para reactivarse con una “mona” oculta en su mochila.

 

Se tiene una vigilancia constante con el alumno. Se ha citado a los padres de familia, pero nadie se presenta. Pareciera que la escuela es otra cárcel para él porque está solo.

 

La primera vez que lo detuvo la policía fue en un robo a una fábrica. Él y varios de sus amigos habían ingresado a la fábrica para robar mercancía. Al salir, la alarma ya se había activado y los detuvieron justo en el momento en que sacaban la mercancía.

 

“Todos corrieron y me dejaron”, se ríe para sí. Comenta que estaba bajo la reacción de inhalantes y que no supo bien qué pasó, sólo que traía en las manos cajas cargando y las aventó para escapar, pero no lo logró.

 

Su padre fue a verlo al Ministerio Público. “Mi mamá me mandó a la chingada y se fue”. No esperaba la reacción de su madre y la única esperanza era su papá, que en su preocupación intentó hablar con todos los de ahí. “Pero ya sabe cómo es eso”. Juan tuvo que ir al tutelar de menores donde, bajo buena conducta, tendría la posibilidad de salir.

 

–¿Te arrepientes de estar ahí?

 

Agacha la mirada y ríe: “No, no me arrepiento”, replica. Y es que emocionado cuenta que ahí, y no en su casa y no en compañía de sus padres, aprendió a que si ocupaba una cama tenía que tenderla, que si quería comer tenía que ayudar en su preparación, que si vivía en un lugar tenía que hacer lo mejor por mantener limpio su espacio.

 

Pero también aprendió que siempre hay “otros peor”, y eran los que lo retaban y lo obligaban a hacer cosas. “Una cárcel dentro de otra”, asegura.

 

Cada fin de semana asiste a la firma de carnet en el tutelar, pues esta ocasión lo dejaron salir por buena conducta, pero con la condición que tenía que seguir estudiando.

 

La segunda vez “el policía me puso en las manos más de la que yo traía”. Juan se encontraba en la calle con todos sus amigos. Estaban fumando, pero no tenía nada. “Pasó la patrulla y se detuvo frente a nosotros. Nos dijeron que estábamos alterando la tranquilidad de la calle y eso nos molestó. Los ánimos se fueron calentando hasta que nos replegaron en la patrulla. Entonces uno de ellos sacó una bolsa ‘chonchota’ y  dijo que era de nosotros”.

 

Entre jaloneos Juan y sus amigos llegaron a la delegación. “Nos detuvieron. Los demás ya son mayores y se los llevaron al reclu y a mí me dejaron ahí”. Fue así como ingresó al tutelar, por portación de marihuana, más de la permitida.

 

Lo que menos le interesa son las clases, lo único que le importa es seguir afuera, pero no se arrepiente porque ahí aprendió también a bordar pulseras y a usar sus manos para otra cosa que no sea hurtar lo ajeno.

 

“Ahora vendo pulseras”, comenta Juan como si fuera una buena forma de ganarse la vida. Pero los problemas en la escuela son cada vez más difíciles y menos controlables, ya que en al menos tres ocasiones se ha sabido que ha intentado convencer a otros compañeros que utilicen “la mona” como él.

 

Juan tiene 15 años, dos detenciones, una vez en el tutelar; un carnet que asegura que él va a la escuela; un papá que confía en su hijo, pero que también, como asegura Marta Lamas, solapa la delincuencia de sus hijos.

 

Lleva varios días sin asistir a la escuela. No lo han dado de baja, pero no asiste, y eso es un motivo más para que las listas de deserción escolar aumenten junto con las de delincuencia infantil, pero que para Juan fue una oportunidad de hacer lo que en su casa no le enseñaron: tender su cama y bordar.

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