Viejo…Mi Querido Viejo

Para recordar a todos nuestros bellos abuelos

 

Por Karenina Díaz Menchaca

 

Don Maurilio pela chícharos. Nadie lo molesta debajo de aquel árbol limonero. Aún le quedan unas zanahorias por pelar y quizá también un cuarto de papas. Ayuda en las tareas caseras sin reparo alguno. El sol es generoso esa tarde y en medio de aquel jardín las rosas ya salpicaron tempraneras su aroma y colores alrededor de aquella casa anaranjada. Don Maurilio siempre porta su sombrero de paja, más a fuerza de costumbre que para protegerse del ferviente sol. Habla entre dientes, como quien va recordando historias y las piensa en voz alta y de vez en cuando se acompaña de algún alipús. Las mañanas y tardes son tranquilas casi siempre, aunque pensándolo bien no recuerdo alguna madrugada sin las campanadas de la iglesia de a lado o el estruendo de copiosos cohetes anunciando alguna fiesta patronal. Es Xalatlaco, un pueblo del estado de México en donde está escondido, aseguró durante años don Maurilio, el tesoro de Cuauhtémoc.

 

Mientras tanto, en la ciudad de México, el abuelo Fausto resuelve crucigramas de los diarios. Es un gran lector, también entre líneas. Ahora se dispone a preparar su auténtica limonada, la más rica que he probado. Hasta ahora no he podido imitar el sabor con aquella receta de cáscaras de limón en la licuadora, sólo a él se le dan las medidas exactas de azúcar, agua y paciencia. Es domingo y el futbol es lo máximo en ese pequeño departamento de la colonia Algarín. Curioso es saber, que ahí en donde vivió el abuelo Fausto alguna vez fuera una casa grande en donde pasó su niñez, una vez que dejó esa casa y cuando mi abuelo se casó con la abuela Lupita se fueron a vivir al complejo habitacional de Tlatelolco, pero a raíz del terremoto del ‘85 tuvieron que desalojar y al buscar de nuevo dónde vivir encontraron en el mismo terreno donde alguna vez fuera esa casa grande, pero ahora convertida en departamentos. ¡Qué casualidad!

 

Se acerca el mes de Mayo y la fiesta grande ya tiene a la familia Carpena en los preparativos de uno de sus más grandes compromisos desde hace casi un siglo: ser padrinos de San Miguel, un pueblo cercano a Xalatlaco. Reciben a un gran número de personas en aquel jardín de la casa anaranjada para ofrecerles tremenda tamaliza acompañada de atole y variedad de panes. El motivo principal es recibir con bombo y platillo a  “San Miguelito”; una imagen de 80 centímetros, tallada en madera con finas ropas y  alas de plata. Maurilio Carpena es el padrinito, herencia de su apellido desde que él tiene uso de razón. Maurilio siempre es el primero en esperar a la peregrinación que viene desde San Miguel echando cohetes desde kilómetros atrás antes de llegar con los Carpena.

 

 

“Ya va a empezar con lo mismo”, “llévenselo a la cocina, que no siga contando lo mismo”. Maurilio habla fuerte, quiere ser escuchado, lamentablemente ha perdido facultades auditivas con los años y eso lo hace gritar, entonces  doña Rufina es la primera en jalarlo del brazo para tratar inútilmente de sacarlo del comedor en medio de tanta gente que lo escucha. Pero es tarde, don Maurilio forcejea con su mujer y se aviva para recitar sin más el canto de la virgen de Guadalupe, “madre de los mexicanos”, quien  “bajó del cielo, triunfante y ufana”.  Algunos ríen, otros callan por respeto y yo pienso en su poesía innata,  en sus leyendas que generación tras generación que han sido escuchadas por todos.

El abuelo Fausto fue un hombre que se transportó por distintas épocas (nació en 1913), de un México de la posrevolución, a uno en donde los boleros, el buen vestir, el hablar adecuadamente eran sello de ser un buen capitalino. Cuando joven, él llegó inaugurando la colonia Algarín; fue un hombre atlético que de vez en cuando se echaba sus copitas en los cabarets de moda, jugaba dominó por las tardes con sus cuates; tuvo la fortuna de conocer a los artistas de la época –llámese Agustín Lara, Cantinflas, Pedro Vargas- cuando su hermano periodista se lo jalaba para convivir. Trabajó 30 años en las rotativas del periódico El Esto. Por eso y más, cuando el abuelo Fausto hablaba uno siempre entendía el viaje que tuvo entre un país de buenas costumbres a uno en donde la esperanza parece muerta.

 

Mi abuelo poseía esa mirada que todos los viejos tienen cuando llegan a una buena vejez, haya sido como haya sido de alocada su juventud: cristalina y enternecedora. “Tuvo un corazón lleno de romanticismo, afecto y cordialidad”, me contó mi padre. “Gustaba de levantar la ceja y coquetear al estilo Pedro Armendáriz”.

 

Mi suegro don Maurilio tampoco está entre nosotros, pero su herencia más grande serán sus historias, que como él llamaba eran revelaciones que le regalaban sus sueños, en donde sus abuelos le decían que en Xalatlaco se encuentra el tesoro de Cuauhtémoc y que él es quien debía encontrarlo. Sus manos hablaban del trabajo arduo de un campo que ya nadie quiere trabajar y que él respetó siempre. También a él le tocó ver el cambio de muchos Méxicos.

 

En alguna fiesta familiar ambos abuelos se conocieron, pero no sé por qué razón no convivieron,  pero lo que es la vida, mientras mi abuelo debía usar gafas oscuras porque sus cataratas le restaban visibilidad, a don Maurilio le faltaba capacidad auditiva, así que ¡menuda charla hubieran tenido! Ambos fueron hombres de buena entraña, amorosos padres, sonrientes, católicos por convicción, amantes fieles de su familia, pilares de la misma, de ahí el sentimiento de ausencia que aún se percibe y qué tanta falta hacen. ¡Benditos sean los dos en donde quiera que estén!

 

Les dedico esta hermosa canción a todos los abuelos

 

 

 

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Un comentario en “Viejo…Mi Querido Viejo

  1. Carlos Díaz

    Así es mi querida hija, mi viejo fue un tipo de otra época que llevaba en su caminar, mirada y voz el siglo XX; era un ser maravilloso lleno de recuerdos, pero sobretodo de una memoria increíble y privilegiada durante sus 94 años de vida que alcanzó gracias, creo yo a una vida metódica y un corazón tranquilo que difícilmente se sobresaltaba. Mi viejo Fausto era singular y muy apreciado por aquellos que conocía, no decía altisonantes o casi contadas veces le escuché un chin… nos educó con su ejemplo, aunque en lo personal poco le aprendí, nunca hubiera pretendido parecerme le, no hubiera podido. Le pedía me recitara aquella poseía de ¡Oh caballeros tigre, oh caballeros águila, os traigo mis canciones…! se la sabía de pi a pa sin dudar… se recordaba de nombres y fechas, así como de muchas anécdotas históricas, cosa que a su edad, pues no es fácil, el tío Beto decía que mi papá tenía un cerebro de oro…

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