Violencia médica: muerte y tortura de mujeres

“Como dicen que soy una ignorante,

todo el mundo comenta sin respeto

que sin duda ha de haber algún sujeto

que pone mi pensar en consonante”.

Guadalupe “Pita” Amor/

Como Dicen Que Soy Una Ignorante.

Por Priscila Alvarado

Elvia se retorcía en el piso. Huesos y músculos le tronaban sintonizados con el rechinido escalofriante de los dientes que se iban fragmentando. Diana, una niña de siete años, y su hermana Patricia, dos años menor, observaban aterradas la escena convulsiva de su madre.
Los gritos estremecedores de Diana, provenientes de la pesadilla más macabra, inundaron el hall de la casa: “Mi mamá se muere, mi mamá se muere”.
Patricia se quedó atónita, pero segundos después, deshaciéndose de los nervios que le contenían, se impulsó fuera de la tina y corrió desnuda para pedir ayuda. A pesar del ruido ensordecedor del granizo, que sustituía la textura áspera del asfalto y le congelaba los diminutos pies, la desesperación profunda contenida en los gritos de auxilio de la niña, alcanzaron a algunos vecinos.
Cuando llegaron Elvia permanecía allí, inmóvil. Los ojos poseídos por la perplejidad y el miedo. La boca con hilos de sangre y espumarajo. El cuerpo adolorido, como lleno de espinas.
Casi en paralelo arribaron la abuela Ángela y el tío Mauricio. La levantaron, le limpiaron el rostro y trataron de tranquilizarla. Una de las espectadoras abrió la bolsa que cargaba, le extendió un pedazo de pan a Patricia, “para el susto, pequeña”, y con una toalla le secó el diminuto cuerpo, tembloroso por frío y miedo. Estaba congelada.
Más tarde llegó el médico, “calmó” a Elvia y se retiró sin dar diagnóstico ni ningún tipo de tratamiento.
Carlos, el padre de las niñas, estaba de viaje en Salina Cruz con el resto de sus hijos. Cuando volvió, Patricia y Diana le pusieron al tanto de lo ocurrido. Incluso, montaron una escena contorsionándose en el piso de la cocina, imitando el rostro fúnebre de su madre y relatando con prisa las acciones de los adultos que acudieron al auxilio, para explicar todo detalladamente.
Pero Carlos no les creyó. La primera convulsión de Elvia Solana ocurrió cerca de mayo o junio de 1963. Su esposo limitó cualquier medida de atención médica hasta dos años después, cuando por primera vez presenció, petrificado, el dolor de los espasmos feroces en el cuerpo de su esposa.
Contraída por la enfermedad, Elvira sufrió durante más de dos años el proceso degenerativo de la epilepsia, sin tratamiento, ni cuidados. El daño fue irreversible. Tuvo pérdida neuronal por isquemia cerebral a consecuencia del ataque vascular que se induce durante las crisis continuas.
Su cuerpo cambió. Perdió habilidades cognitivas y motoras por el daño axonal en la actividad eléctrica de su cerebro traumatizado –algo que, de acuerdo con el estudio Mecanismos de neurodegeneración en la epilepsia del lóbulo temporal, publicado en la Revista Chilena de Neuro Psiquiatría, es común en pacientes con epilepsia [1].
Si Elvia hubiera recibido atención especializada desde el primer día, la decadencia en su lóbulo frontal se hubiera evitado o, al menos, reducido. Pero no ocurrió así.
Violencia médica: una realidad patriarcal
Elvia Solana sufrió violencia de género o doméstica toda su vida –de acuerdo con datos emitidos por fiscalías en diferentes estados de la República, en 2017 registraron 166 mil 897 casos de violencia familiar, lo que significa que cada 24 horas se registraron 457 delitos de este tipo–, el yugo patriarcal en su familia la expuso a riesgos graves de salud a nivel físico y psicológico.
De niña fue violada sistemáticamente por su padre, hasta que Dalia, su madre, tomó la decisión de escapar e inmigrar de Mérida, Yucatán, a la Ciudad de México. A los 19 años conoció a Carlos. Él tenía 28. Se casaron y tuvieron seis hijos.
En 1963 comenzó con los síntomas de epilepsia. Fue ignorada, sometida a alteraciones en su desarrollo psicológico y físico, y abandonada en la enfermedad. Dos años después comenzó con el tratamiento.
Padeció de los ataques, las alucinaciones, los cambios de humor y los brotes repentinos de violencia aguda hasta su muerte, el 4 de mayo de 2010. Vivió así 81 años.
Como ella, miles de mujeres son víctimas de una o múltiples tipos de agresiones de género alrededor del mundo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) define este tipo de violencia psicológica en el área doméstica como el conjunto de “humillaciones, desvalorizaciones, críticas exageradas y públicas, lenguaje soez y humillante, insultos, amenazas, culpabilizantes, aislamiento social, control del dinero, no permitir tomar decisiones” [3] que emite la familia o pareja en contra de una mujer.
Sin embargo, no existen cifras exactas que indiquen cuántas mujeres son violentadas de esta manera. Las estadísticas se reducen al ámbito obstétrico –con sesgos evidentes– e indican que, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2016, en los últimos cinco años, una de cada tres mujeres de 15 a 49 años, sometida a un parto en México, sufrió algún tipo de maltrato durante la atención médica.
De hecho, entre 2015 y 2018, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) emitió 50 recomendaciones a las instituciones de salud por violencia obstétrica.
También es posible identificar algunos números en delitos sexuales. De acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), cada 24 horas, en promedio, se reportaron a las autoridades ministeriales 99 delitos sexuales en todo el territorio nacional.
En el tema de abortos clandestinos, según cifras de ENDIREH 2016, entre 2002 y 2016 la causa de muerte específica de 624 mujeres fue un aborto, aunque sólo el 7 por ciento de las mujeres que parió durante ese mismo periodo cumplía con el nivel escolar de preescolar, es decir, el 23.4 por ciento de las que murieron había estudiado hasta ese grado.
La encuesta reporta que 9.4 millones de mujeres de 15 a 49 años dijo haber estado embarazada en los últimos cinco años; de éstas, poco más de un millón dijo haber tenido al menos un aborto.
Es decir que, durante los últimos 16 años, se han registrado más de 3 millones 413 mil abortos con procesos y procedimientos legales entre mujeres de 10 a 44 años, lo que equivale a 200 mil servicios por año. Los datos de la ENDIREH indican que 25 por ciento de ellas no recibieron el tratamiento que necesitaban y perdieron la vida, principalmente en zonas rurales y marginadas del país.
Para agudizar el eco de violencia, el SNSP calculó que, de 2015 a 2018, se registraron 2 mil 135 carpetas de averiguaciones previas contra mujeres por el delito de aborto.
Sin embargo, a pesar de los números alarmantes, casos tan “privados” y “ocultos” en el espacio doméstico, como el de Elvia, ni siquiera son tomados en cuenta para calcular la magnitud de la violencia médica.
Todo empieza desde la conjugación cultural de los individuos en la estructura heteropatriarcal de la familia. La esposa está predestinada al sometimiento y el dominio del cónyuge —es por ello que Carlos pudo decidir si Elvia recibía o no atención médica. De la misma manera, las hijas y los hijos deben obedecer al hombre como máxima figura de autoridad, cumpla o no con el rol paterno, pues bien pueden ser tíos, primos, sobrinos y hasta hermanos los que ostenten dicho poder.
Simone de Beauvoir, en su libro El segundo sexo [4], inició con la aparición de la familia patriarcal fundada en la propiedad privada.
“En semejante familia, la mujer está oprimida. El hombre reina como soberano y, entre otros, se permite caprichos sexuales: se acuesta con esclavas o con hetairas, es polígamo. Tan pronto como las costumbres hacen posible la reciprocidad, la mujer se venga por la infidelidad: el matrimonio se completa naturalmente con el adulterio. Es la única defensa de la mujer contra la esclavitud doméstica en que se la mantiene: la opresión social que sufre es consecuencia de su opresión económica” (Beauvoir, p.20).
En este punto, la salud y el acceso a servicios médicos dependen, por una parte, del dominio económico que ejerce el patriarca contra la mujer (ahora identificado como violencia económica) y, por otra, de la conciencia y voluntad de éste.
Dos aspectos que se sustentan fundamentalmente en la cosmovisión machista que construye a los individuos de nuestra sociedad. De hecho, en temas de salud, las mujeres han sido históricamente calificadas de “inferiores mentales”, “locas” o “enajenadas mentales” [5].
La historia de la medicina en Europa de los Siglos XVIII al XX, y su herencia en el ideario médico mexicano, se formuló a través de las diferencias anatómicas, fisiológicas y patológicas entre los dos sexos[1]. Los científicos –específicamente del área médica— pretendían con ello establecer las desigualdades entre los géneros[2] y las prácticas médicas para justificar la subordinación femenina [5].
Muchos de los tratamientos que recibían las mujeres eran denigrantes y sumamente violentos. Por ejemplo, en las “enfermedades” relacionadas con la menstruación, como la esquizofrenia, histeria, delirio o depresión, los doctores aplicaban masajes pélvicos (estimulación manual de los genitales) hasta provocar en las pacientes un orgasmo involuntario.

También se presentaron casos de extirpación de los órganos reproductivos femeninos como “cura”, ya que, se argumentaba, la “susceptibilidad de la mujer para enfermar de enajenación mental” tenía una relación directa con el sistema nervioso y el aparato genital.
La concepción de las enfermedades mentales en relación con el género era evidente. Mientras las conductas “anormales” realizadas por un hombre no daban sospecha de enfermedad mental, las realizadas por una mujer –indisciplina, rebeldía, feminidad ausente, cambios de humor, infertilidad, entre otras–, eran patologizadas [6] “La mujer del siglo XIX era una eterna enferma” (Ruiz, p.216).
La violencia clínica provenía de varios frentes. Freud, en el área teórico-práctica, describió la psicología de la mujer comparando las “carencias” que observaba, en contraste con la psicología masculina, que era tomada como “modelo”. Incluso, estipuló que la inferioridad narcisista “propia de la mujer”, era determinada por la no posesión del pene [7].
El paquete semántico y dialéctico de la opresión médica contra las mujeres en Europa fue sembrado en México durante el Siglo XVI. La clasificación de enfermedades, el tratamiento y su desarrollo a nivel institucional siguieron el mismo camino.
Uno de los casos que más llaman la atención fue concebido en 1687, cuando José, carpintero de profesión, acogió en su casa a una prima de su esposa con aparentes actitudes dementes. A partir de ello se dedicó a “recoger a cuantas mujeres, en apariencia locas, encontró deambulando por las calles”.
Cuando el espacio en su casa fue insuficiente, obtuvo el patrocinio del arzobispo de México para empezar a construir un hospital, que quedó a cargo de la Congregación del Divino Salvador, fundada por jesuitas.
El Hospital del Divino Salvador fue cerrado en 1910, cuando se inauguró el Manicomio de La Castañeda [8].
Un caso contemporáneo de violencia dentro del discurso y el quehacer médico ocurrió en 1997 en Polanco, Ciudad de México. Gabriela Gutiérrez tenía 17 años. Había iniciado una vida sexual activa con su novio y no quería embarazarse, pero los estigmas o normas sociales que conformaban a su familia limitaron cualquier tipo de apoyo.
Ante esto, pidieron el consejo de amigos. Uno de ellos les recomendó ir con el ginecólogo José para buscar alguna alternativa anticonceptiva.
Ya en el consultorio se enteraron de los precios. Cada cita se valuaba por arriba de los 600 pesos. No tenían esa cantidad. Cuando se disponían a partir, el médico los detuvo: ¿Cuánto tienen para pagar? Sólo traemos cien pesos. Está bien, paguen con eso, yo también fui joven. El encanto y la sensibilidad de José los atrapó.
El tratamiento para prevenir embarazos quedó en segundo plano cuando, después de un ultrasonido –fuera de cualquier rutina de revisión para la implementación de pastillas u otros métodos anticonceptivos–, el médico le diagnosticó quistes ováricos a Gabriela. Ahora las citas tenían que ser quincenales para evaluar su desarrollo y evitar daños a largo plazo.
Durante meses cultivaron una amistad con orgullo fresco. Pero todo cambió cuando Gabriela acudió sola a una de las citas. Su compañero no podía acompañarla y ella no debía posponer ninguna de sus visitas porque, le dijo el médico, eso podría ponerla en riesgo.
Cuando llegó, José la llamó a su oficina, que estaba aparte del área en la que auscultaba, y le pidió que se colocara una bata azul para cubrir su desnudez. Indicó que abriera las piernas recostada en la cama médica para revisión, que tenía cerca del escritorio, y le empezó a tocar los senos, los pezones, “como a jugar con ellos”. Dijo que era para verificar si existía algún tipo de reacción “que porque los quistes causaban eso”.
Gabriela no supo qué hacer. Temblaba. Sentía una incomodidad brutal con cada roce, apretón y exhalación de José. Pero probablemente, pensó, así era el procedimiento y no tenía derecho a quejarse, o a detenerlo. Cuando su novio acudía con ella no ocurría nada.
Meses después, por segunda ocasión, tuvo que asistir sola. Ocurrió de nuevo. La rozó y le apretó los senos y hasta le palpó la vagina. Algo que, aseguró, era necesario para revisar si sus reacciones eran correctas. José, fuera incluso de cualquier teoría aberrante, la agredió justificando cada acción con procedimientos médicos.
Gabriela no le dijo nada, estaba perpleja, asustada, asqueada e indignada. No volvió. Tuvo que inventar diferentes pretextos para explicarle a su novio que prefería no volver con José, “me daba pena decirle lo que había pasado. Me sentía culpable. Tardé muchos meses para decirle la verdad”.
Pasaron tres años para que Gabriela volviera a asistir a un ginecólogo. Fue hasta ese momento cuando el nuevo médico la revisó y le dijo que los quistes habían desaparecido o probablemente jamás habían existido.
Aún ahora la vergüenza sigue presente. El miedo late cuando Gabriela menciona a José. Si lo denuncia podría enojarse, “dañaría su reputación” y seguramente la demandaría. No podría defenderse. Las pruebas son inexistentes y han pasado demasiados años.
La diosa Tzapotlatenan, madre de las eminencias médicas
En México, los pueblos indígenas, como los Ulmecas (llegados por la costa del Mar del Norte, allá por el año 955 antes de la Era Cristiana), los Toltecas (de los años 544 y 713 de la Era Cristiana), o la última ola Nahoa, correspondiente a los Aztecas (en el año 583 E.C), tenían una relación con diversas deidades de la medicina [2].
Para estas comunidades, como en el resto del mundo, las enfermedades humanas y el desarrollo de herramientas o rituales curativos determinaron la cosmovisión del cuerpo y la comprensión de la dicotomía vida-muerte heredada hasta la actualidad.
Existió Tzapotlatenan, diosa nativa de Tzapotlán, que aparentemente presidía a la medicina en general. Sin embargo, en la Historia general de las cosas de Nueva España, Bernardino de Sahagún la registró con el único atributo del patronazgo de una resina medicinal llamada oxitl o terebentina, substancia utilizada como ungüento medicinal.
En el caso maya, los fundadores del h-menes, o médicos y hechiceros, se sitúa en tres deidades. Dos de ellas fueron mujer y hombre, “compañeros por añadidura”: X-Chel y Citbolontún. El tercero, Zamná, es considerado como el inventor de la medicina.
El resto de los dioses en la medicina se edifican en figuras masculinas. Las diosas quedan reducidas a una imagen de salud fecunda. Por ejemplo, Cihuacoatl, que fue considerada como la primera mujer que parió, por lo tanto era añadida a una figura sagrada dentro de la medicina como representante del rol materno y la fertilidad.
Incluso las Matlalcueye y las Macuilxochilquetzali, mujeres encargadas de intervenir en el baño de los recién nacidos, tenía como representación a la diosa Xochiquetzal.
O bien, las diosas Cihuapipilti eran mujeres que habían muerto en el primer parto y se dedicaban a vagar eternamente por las comunidades, hechizando a los niños.
Un oficio más que correspondía a las mujeres en el cuidado de la salud comunitaria era el de proporcionar yerbas a otras para provocar abortos. A esta tarea correspondía la diosa Centeotl.
La socio-cultura de México excluyó de la profesión médica a las mujeres desde antes de la Conquista. Sin embargo, la división se agudizó cuando la figura sagrada de las deidades fue sustituida a finales del Siglo XVI (1580-82) por la creación de la primera institución que “honraba a los médicos”.
La Real y Pontificia Universidad de México fue erigida como formadora implacable de eminencias médicas. Todos varones.
Fue hasta 1887 cuando la primera mujer se graduó con el grado académico de médico cirujano por la Universidad Nacional de México, la doctora Matilde Montoya y Lafraga (1859-1938). Y hasta 1957 que ingresó por primera vez una mujer en la Academia Nacional de Medicina, la doctora Rosario Barroso Moguel (1923-2006). La siguiente fue aceptada en 1965, la doctora Julieta Calderón de Laguna (1918-2001), y para 1973 se incorporó la tercera, la doctora María de la Soledad Córdova Caballero (1929- 2017) [10].
Es decir, el modelo científico-médico propuesto en Europa se construyó a partir de la supuesta inferioridad biológica y fisiológica de la mujer. No sólo con un sistema de subestimación de las capacidades cognitivas para el desarrollo de la profesión, sino con el apoyo de la ciencia en la idea de la “debilidad femenina”.
Para los médicos, la debilidad se manifiesta en el cuerpo de la enferma –incluyendo el discurso psiquiátrico y psicológico. Para las familias, principalmente los varones que replican el modelo heteropatriarcal del proveedor, recae en la economía y la supuesta exageración del sentir femenino. E incluso, para los antropólogos “los médicos enseñan que la sensibilidad, las emociones, los impulsos, tan ricos entre las mujeres, son la fuente de cualidades indispensables para el buen funcionamiento de la sociedad” [11]. Una definición que refleja y normaliza el pensamiento de la hipersensibilidad femenina.
Un contrato sexo-genérico que consagra la marginación de las mujeres como sujetos políticos en razón de su sexo. Que trastoca con una subjetivación femenina dañina todos los ámbitos de la sociedad: político, religioso, filosófico y hasta científico-médico.
En cualquiera de los casos el origen de la violencia es el mismo: machismo. Sin embargo, las formas o los escenarios varían tanto que es prácticamente imposible reflejarlos todos. Pero existen.
Y todos los días miles de mujeres se enfrentan a vejaciones, abusos, desprecio, estigmatización y agresiones por cuestiones de salud. Su corporalidad es destruida, descuartizada, humillada. Los derechos humanos parecen huir dentro de los nosocomios, consultorios o cualquier espacio que acoge la decadencia de su enfermedad.
El machismo las mató. Nos violó, agredió, subestimó.
Es el machismo el que nos enferma y nos enloquece.
FUENTES
[1] Iris A. Feria-Romero, Mario Alonso-Vanegas, Luisa Rocha-Arrieta, Juana Villeda-Hernández, David Escalante-Santiago, Lourdes Lorigados-Pedré, Lilia Morales-Chacón, Israel Grijalva-Otero y Sandra Orozco-Suárez. (2013). Mecanismos de neurodegeneración en la epilepsia del lóbulo temporal. Revista chilena de neuro-psiquiatría, vol.51 no.2, SN.
[2] Fernando Ocaranza. (1934). Historia de la medicina en México. México: Honorable Cuerpo Médico de México. Laboratorios Midy.
[3] Mª. del Carmen Fernández Alonso, Sonia Herrero Velázquez, Francisco Buitrago Ramírez, Ramon Ciurana Misol, Levy Chocron Bentata, Javier García Campayo, Carmen Montón Franco, Mª. J. Redondo Granado, Jorge L. Tizón García. (2003). Violencia Doméstica. Promoción de la Salud y Epidemiología, 1, 58.
[4] Simone de Beauvoir. (1948-1949). El segundo sexo. Francia: Siglo XX.
[5] Cristina Ortega Ruiz. (2011). LAS MUJERES Y LA ENFERMEDAD MENTAL. UNA PERSPECTIVA DE GÉNERO A TRAVÉS DE LA HISTORIA CONTEMPORÁNEA. Revista de historia y pensamiento de género, 1, 16.
[6] RUIZ SOMAVILLA, M. J., JIMÉNEZ LUCENA, I.: Género, mujeres y psiquiatría: una aproximación crítica. Frenia, vol. III, 2003, pp. 7-29.
[7] RETAMALES, R: Psicoterapia y género. En FERRANDO, L.: Salud Mental y género en la práctica clínica, Barcelona, Ars Medica, 2007, pp. 209-218
[8] Cristina Sacristán . (2005). HISTORIOGRAFÍA DE LA LOCURA Y DE LA PSIQUIATRÍA EN MÉXICO. DE LA HAGIOGRAFÍA A LA HISTORIA POSMODERNA. Frenia. Revista de Historia de la Psiquiatría, 5, 25.
[9] GÓMEZ Suárez, Águeda. ETNICIDAD Y TERCER GÉNERO. Universidad de Vigo España, 2010, p.2.
[10] Ana Cecilia Rodríguez-de Romo. (29 de febrero de 2008). Las mujeres en la Academia Nacional de Medicina de México: análisis de su inserción y ubicación en la élite médica. Artemisa en línea, 144, 270.
[11] Carrol Smith-Rosenberg y Charles Rosenberg, El animal hembra: puntos de vista médicos y biológicos sobre la mujer y su función en la América del siglo XIX, en Mary Nash ed., Presencia y Protagonismo. Aspectos de la historia de la mujer. Barcelona, Serbal, 1984.

[1] Tomando en cuenta un modelo sexo-genérico de la dicotomía: hombre- mujer. Cada uno con roles correspondientes a la masculinidad o feminidad dentro de su marco social.
[2] “Existen sociedades con tres géneros o de géneros supernumerarios como construcciones sociales e individuales”. Agueda Gómez Suárez [9]

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