Vladimir Nabokov: El ojo, ese espejo que nos refleja

 

Por Rivelino Rueda

 

La bala entró limpia por el pecho jadeante. El hombre jaló el resorte del gatillo y hundió las manos en el fango. El terror al que fue sometido minutos antes no era comparable con la decisión de quitarse la vida.

Pero no, la cápsula de plomo pasó limpiamente por el serratus y se instaló un espejo frente a ese ruso exiliado en la Alemania de la década de los veinte del siglo pasado, huyendo de la persecución bolchevique tras la Revolución de Octubre de 1917.

El hombre y el eterno ojo que vigila, que cuchichea, que informa. El hombre anónimo que cambia su disfraz y mantiene su ímpetu después de la muerte: “No existo; lo que existe son los millares de espejos que me reflejan. Cada vez que conozco a alguien aumenta la población de fantasmas que se parecen a mí. Viven en alguna parte, se multiplican en alguna parte. Sólo yo no existo”.

En medio de la gestación de los totalitarismos europeos en las primeras dos décadas del Siglo XX, el escritor ruso-estadounidense Vladimir Nabokov (1899-1977) escribe la novela El ojo, una narración que roza la psicología abstracta de un espía bolchevique y la paranoia del exilio pro-zarista, en una nación que apenas despertaba al amanecer del fanatismo nacionalista y racial que se incubaba en el nazismo.

Gospodin Smurov acude a la habitación donde murió hace unos meses. Contempla la huella secreta y perpetua en la pared y, con una mano en el corazón, vuelve a “evocar la sombra más temible de mi existencia anterior”.

 

El hombre y los millares de espejos. El ojo vigía. Las facetas de la identidad, de las múltiples identidades. Los ojos que escudriñan, que desconfían. El miedo que paraliza y el tablero de ajedrez geopolítico que se juega sólo con vigías.

Smurov y el billete de veinte marcos roto en pedacitos. El ayudante de Weinstock en la librería de usado. El que presume haber combatido en Yalta con los “rusos blancos” y escapado a una carnicería perpetrada por los bolcheviques. El que está herido de muerte y, al descubrirse su identidad, escapa en un vagón de ferrocarril.

El que presume a Evgenia y Vanya, las hermanas Khrushchov, sus hazañas de héroe de guerra. El que sólo traga saliva y comenta en secreto a Mukhin “le ruego que esto sólo quede entre nosotros”, cuando éste, con un cigarrillo inglés en los labios, lo desenmascara con unas breves palabras: “Por desgracia, Yalta no tiene ferrocarril”.

Smurov el de la cajita de plata y el de la corbata azul tornasolada, ambas robadas. El del abrigo de piel con cuello femenino. El que jura no enamorarse de Vanya. El que se queda maravillado con las conversaciones de Weinstock en sus sesiones espiritistas, con César, Mahoma, Pushkin, pero sobre todo con Lenin.

WEINSTOCK: –¿Ha encontrado reposo?

LENIN: –Esto no es Baden-Baden.

WEINSTOCK: –¿Desea hablarme de la vida de ultratumba?

LENIN (tras una pausa): –Prefiero no hacerlo.

WEINSTOCK: –¿Por qué?

–LENIN: –Tengo que esperar a que haya una reunión plenaria.

Las sospechas y la revelación de lo que es y ha sido, desde las clases particulares a dos niños rusos, hasta la penosa y violenta declaración de su amor a Vanya.

Smurov es un mentiroso, un ladrón y un espía. Prepara la huida, no sin antes robar la correspondencia de Roman Bogdanovich, por el simple y sencillo hecho de saberse quién es, quién es ese tal Gospodin Smurov:

“El ‘izquierdoso sexual´ –admito que encuentro la expresión excepcionalmente acertada—alimenta a menudo una tendencia a infringir la ley, infracción que se ve todavía más facilitada por él por el hecho de que ya existe allí una infracción a la ley de la naturaleza”.

 

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