Volver a la normalidad y en el intento andamos

Por Karenina Díaz Menchaca

Camino por las calles de la colonia Roma.  Mis hábitos han cambiado, pero también descubro que la colonia hace lo propio, sin embargo hay resistencia. La misma que hay de la colonia hacia mí, de todo lo colindante y lo que toca de mí hacia afuera.

Finalmente lo que nos rodea está lleno de objetos, cosas que se pueden tocar, que se pueden comprar, que se pueden adquirir, que se pueden robar y, sobre todo, que se pueden olvidar, incluso con la mirada. Los objetos nos poseen a nosotros y no viceversa y las calles son un poco de eso.

Las calles que me rodean a diario tienen ese tinte de las colonias más populares, con sus tienditas respectivas en las esquinas -defendiéndose olímpicamente de esas cadenas impersonales de Oxxo y Seven Eleven que ya nada más nos facilitan la ida al banco- y sus vendedores de fruta, pan y taqueros ambulantes que la transforman según el horario. 

Y, por otro lado, tienen el sello de ser calles gentrificadas: aspirantes a paisajes lluviosos de pisos empedrados que vemos en pinturas impresionistas, con todo y sus banquetas entorpeciendo a los peatones con sus mesas y sillas por una fonda que ofrece en su carta de papel bond, desde un consomé de pollo y arroz con un chicharrón verde con frijoles negros, hasta un pinche café orgánico chiapaneco, a saber de dónde lo sacaron, pero que cuesta lo mismo que los de la cadena de la sirenita. Con todo, la Roma entorpecida entre cientos de oficinistas que la han mantenido firme, los que la habitan desde generaciones muy pasadas;  los nuevos, llamados hipsters y a los que ya estamos catalogados como ‘damnificados’, la habitamos aún con sus edificios acordonados por el reciente terremoto.

Mi colonia, porque lo sigue siendo, se reniega – tanto como yo- de verse afectada –aunque lo está y ni cómo negarlo- a los cambios propios de un terremoto que desde 1985 ya la habían dejado muy mal parada. El valor de estar céntricos, la verdadera plusvalía que cualquier ex defeño conoce como valor agregado ¿seguirá existiendo?, pues sí, porque geográficamente seguimos en la zona de lo que fuera uno de los lagos más hermosos del antaño y envidiado Tenochtitlán, el lago de Texcoco.

Un fantasma recorre la Roma. Soy yo y otros cientos que no nos queremos ir porque ya padecemos morriña, bellísima palabra gallega que por sí misma describe algo tan etéreo y que al mismo tiempo  refiere a la tierra, pero al lugar que nos crío, y aunque yo no me crié propiamente aquí en la Roma, me tocó criar a una pequeña en estas calles que nos recuerdan nuestra República Mexicana. Morriña, palabra tan compleja, como cuando pretendemos describirle a un portugués, la saudade.

Aunque la colonia Roma les caiga mal porque tiene la fama de que desfila uno que otro intelectual conocido, artistas underground (pero que ya salen en la tele), peluquerías nice en donde van a desembolsar hipsters barbones que por suerte ya se están rasurando, librerías de viejo, pabellones con hileras de perros vestidos, bares en Alvaro Obregón con jóvenes extranjeros (quienes por cierto, ya se están despidiendo de nuestro país, despavoridos por el reciente terremoto), casas porfirianas que siguen de pie, galerías de arte que abren y cierran, escuelas, algunas tan viejas como El Renacimiento que ya es mixta y antes era un internado de niñas, pero que sigue siendo de monjas. Todo lo cosmopolita, autóctono, mexicano y hasta del más allá lo encuentran aquí (por sus leyendas que alberga como la casa de las Brujas, en la calle Río de Janeiro).

Yo amo mi colonia Roma y a pesar de que el sismo me dejó sin casa, puede todavía una extensión de mí, continuar todos los días por acá. ¡Gracias!

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