Wallace en el país de no pasa nada

Por Xavier Sánchez

Existen tres Méxicos: El primero es el de los discursos de políticos, banqueros, empresarios y sus comentócratas a sueldo; el que sobrevalora las megacorporaciones e instituciones gubernamentales por encima de los recursos naturales. El que antepone los intereses de los poderes públicos y privados, por encima del bienestar común. El mismo que le llama progreso a la deshumanización, y que le preocupa más la producción y las ventas que la salud de su mano de obra.

En ese México, donde habitan los poderosos, los corruptos y los dormidos, el neoliberalismo es un éxito, el racismo-clasismo se practican pero nunca se reconocen como tales; la hipocresía es de buen gusto; la libertad de expresión nunca está amenazada; el pobre lo es porque quiere; toda la población carcelaria son perversos maleantes y la miseria es vista como algo que hay que esconder (nunca erradicar, porque acabaría con las jerarquías), un estorbo que ensucia y afea esa atmósfera Totalmente Palacio.

El segundo México es el que habitamos la mayoría de los mexicanos. El que suele ser maquillado, rediseñado y hasta francamente invisibilizado en los discursos, en los programas de televisión, las series de Netflix y los videos más populares de YouTube, y en los medios de comunicación alineados por la publicidad oficial o por los intereses de sus dueños en los sectores públicos o privados.

Es ese México en el que reina la impunidad, la desigualdad, la falta de empatía, la explotación laboral, lo insalubre, y los servicios –públicos o privatizados– suelen ser malos y caros.

En este México las quejas y las denuncias se acumulan pero naufragan, a menos que usted pertenezca a la élite, o que alguien de la misma quiera usar un caso — real o falso– para golpear a un adversario o encubrir otros hechos.

Es en este segundo México donde los aparatos de justicia y sus elementos, salvo excepciones, acostumbran revictimizar a quien denuncia, crear «verdades históricas» (¿Ayotzinapa?), torturar o fabricar culpables, con tal de cumplir con venganzas personales, tapar a delincuentes de cuello blanco, cerrar casos rápido, acallar la presión pública, o recibir bonos por sobrepoblar cárceles para simular una eficiencia que no existe.

Y el tercer México es el resultado de los dos primeros. Esa colonia de facto del Tío Sam que simula ser el País de las Maravillas pero termina siendo el País de No Pasa Nada.

Donde todo se mueve mucho y demasiado rápido, para darle un buen espectáculo a la gente, un reality show que enajena de la cotidianidad, una telenovela de buenos y malos que necesita sustituirse por otra, una y otra vez; lo suficiente para que un escándalo entierre al anterior, los cambios profundos solo ocupen un pequeño recuadro de la última página y al final no ocurra nada.

Soap operas sexenales, gatopardismos repetitivos ad nauseaum, que renuevan sus formas, elencos y tramas, pero conservan su esencia y fondo depredadores.

Es en este México donde historias tan atroces como la del caso Wallace son tan comunes como invisibles para el discurso político y los grandes medios de comunicación. Un País de No Pasa Nada donde las injusticias se tapan o engendran a conveniencia, y la complicidad o el miedo amarran la lengua de quienes comunican o gobiernan.

En el País de No Pasa Nada, Isabel Miranda de Wallace es una invitada recurrente en los medios de comunicación, una activista respetable que legitima o desmiente las cifras de inseguridad, y cuyo fondo y forma de su discurso son axiomas sagrados en la mayoría de los medios de comunicación, aunque no así para una sociedad que cada vez cree menos en ella, a juzgar por las miles de expresiones de repudio que genera su solo nombre en todas las redes sociales.

El falso caso Wallace es una investigación periodística escrita por la periodista Guadalupe Lizárraga, del que poco se ha hablado en este México que se empeña en imponer –a fuerza de sangre o propaganda– las narrativas que más convengan al poder.

Un libro que cimbra, cala y desnuda algunos de los aspectos más oscuros del sistema judicial mexicano. Un texto que debería despertar nuestro espíritu crítico para aprender a ver más allá de las historias oficiales. Periodismo de investigación que busca darle voz a aquellos que los grandes medios les cierran las puertas.

Leerlo es sumergirse en las laberínticas ciénagas de un expediente mal armado, pruebas fabricadas, declaraciones contradictorias, pruebas científicas débiles y escasas, posibles evidencias de vida del hijo supuestamente secuestrado y asesinado.

Leerlo duele y da rabia, no sólo por la alta posibilidad de que el caso Wallace sea un caso fabricado bajo las órdenes de la señora Miranda de Wallace sino por el papel cómplice de políticos, jueces, ministerios públicos, abogados, policías y periodistas, que han actuado más como verdugos, voceros y publicistas al servicio de la parte acusadora que como buscadores de la verdad.

El material, que comprende 25 capítulos y casi 200 páginas, desata un torrente de preguntas:

¿Por qué Isabel Miranda de Wallace obtuvo tanto poder político, judicial y mediático? ¿Por qué, como sociedad, hemos permitido la simulación como la única justicia posible? ¿Por qué la falta de ética se impone hasta formar redes inquebrantables de corrupción?

¿Por qué el gobierno de López Obrador ha evitado pronunciarse sobre un caso tan censurado como grave? ¿Qué intereses o relaciones de poder vuelven intocable a la señora Wallace, hasta para los políticos e intelectuales de la centro-izquierda mexicana? ¿Por qué ha sido tan escasa la solidaridad con periodistas que corren alto riesgo, como la autora de este libro? ¿Por qué los grandes medios les han dado con la puerta en la cara a los familiares de la parte acusada?

¿Cuántos casos habrá iguales o peores que el caso Wallace? Si esto ocurre en la Ciudad de México ¿Que destino tan cruento les espera a los culpables fabricados de regiones tan violentadas como el Estado de México, Veracruz, Tamaulipas, Jalisco, Colima, Michoacán y Guerrero?

El caso Wallace (o el llamado falso caso Wallace, de acuerdo con la periodista Guadalupe Lizárraga) es el reflejo de los tres Méxicos que han normalizado el terror y la simulación como inevitables formas de pervivencia.

En el primer México, la señora Wallace es invitada a conferencias y foros sobre seguridad nacional, pese a los señalamientos que pesan en su contra. Reparte diplomas a funcionarios estatales, como al ex fiscal de Nayarit, Edgar Veytia, hoy preso por narcotráfico en Estados Unidos.

Regala pasteles de cumpleaños a cuestionables presidentes en eventos para víctimas, con una insensibilidad que por lo menos desconcierta, como hizo con Enrique Peña Nieto en julio de 2016. En ese México de ficción la cúpula empresarial, a través de la Coparmex, respalda a Wallace y la legitima a través de conferencias en que ella participa.

Un México de ficción en el único referente que tiene una gran parte del gremio periodístico para hablar de inseguridad esAlto al secuestro, pese a que no es la única organización en nuestro país que realiza informes sobre el tema. Y es en ese mismo México que una persona acusada por tortura ostenta el premio Nacional de Derechos Humanos 2010.

En el segundo México, los mexicanos padecen una realidad que los medios se han quedado cortos en reportar. Se sienten burlados por un PRIANRD cuya bancada de senadores exigió a la FGR que no se le investigara a la señora Wallace.

Se sienten tratados como deficientes mentales por el gran oligopolio de medios, que invisibiliza el lado B del caso Wallace. Es este segundo México el que ya no se identifica con activistas a modo, como Isabel Miranda de Wallace, que solo empujan su propia agenda y la de la ultraderecha político-empresarial, usurpando una representación para la que no se le consultó a ningún ciudadano.

Es este segundo México de ciudadanos de a pie, el mismo que tampoco cree ya en las cifras de Alto al secuestro, que han sido usadas más con la intención de golpeteo político de los antiguos miembros del régimen neoliberal contra sus adversarios, que de una verdadera lucha contra el crimen.

Y en el tercer México, el resultante de los dos primeros, en el País de No Pasa Nada, todo se mueve para que no ocurra nada. Cada tanto un periodista ha arriesgado su vida al investigar o tan solo pronunciarse sobre el caso; llámese Anabel Hernández, Ricardo Raphael o Guadalupe Lizárraga, quien mostró un gran compromiso con un tema que le costó amenazas, e incluso la censura e invisibilización por parte de varios compañeros periodistas.

En el País de No Pasa Nada, Sanjuana Martínez –la directora de la agencia de noticias del Estado, Notimex– llama «delirante» a Lizárraga, pero Martínez es defendida por el presidente.

Lizárraga y su corresponsal, Ramón Flores, han expuesto el tema en las conferencias mañaneras, pero tanto los medios tradicionales –así como la mayoría de los youtubers ProAMLO– suelen hacer oídos sordos sobre el tema.

Y al final, es un tema que va y viene, pero siempre se atasca como una llanta atrapada en el fango. Una historia por la que activistas y periodistas se han arriesgado, pero que siempre se estrella ante la inercia de la inacción burocrática y la indiferencia social.

Una telenovela para el entretenimiento de un pueblo que se escandaliza, pero que no se compromete y olvida tan pronto un escándalo político sustituye a otro, sin ver que el caso Wallace es solo la punta del iceberg de un sistema que durante décadas ha encarcelado inocentes, y perdonado a culpables con el suficiente poder y dinero para brincarse las leyes; basta recordar a todos los ex funcionarios, acusados de actos de corrupción, que están libres o prófugos.

No está en mí opinar o juzgar la inocencia o falsedad de Isabel Miranda de Wallace, quien se hizo activista tras el posiblemente falso secuestro y asesinato de su hijo Hugo Alberto. Determinar la veracidad o mentira del caso le corresponde a las autoridades, que se supone se encuentran investigando tras denuncias interpuestas desde el año pasado.

Sólo puedo recomendarle la lectura del libro, El falso caso Wallace de Guadalupe Lizárraga, para que usted se forje su propia opinión de un caso que ha costado a la periodista y autora del libro más de cinco años de trabajo, reflejados también en su portal Los Ángeles Press. Le aseguro que es una lectura que no le dejará indiferente.

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