En búsqueda del tiempo mexicano… Manuel Buendía y la talacha periodística

Por: Armando Leal

@armandoleal71

Buendía se instituye en nuestra memoria

porque él sí se ha puesto a consignar

todo lo que nosotros olvidamos

o confundimos en un infame batidillo.

Elena Poniatowska

¿Qué mar de diferencias hay entre el periodista Manuel Buendía y el lector de noticias Carlos Loret de Mola? El parangón podría ser injusto para el segundo, ya que se alimenta del vodevil y la superficialidad, prefiere inventar noticias y manipular a las audiencias —a las cuales desprecia—, en lugar de investigar y develar la verdad.

La distancia entre ambas figuras es gigantesca. El primero fue un artesano de la noticia, se forjó en el campo de batalla de la información, en la talacha periodística —como señalaba el Maestro Leñero—, cubriendo la nota policiaca, esa antigua fuente por la que todo artesano de la noticia tenía que pasar para curtirse en los límites mismos de lo infausto.

El célebre caso de investigación periodística que obligó al republicano Richard Nixon a renunciar a la presidencia estadounidense: Watergate fue cubierto inicialmente, solo por Carl Bernstein, un reportero recién ingresado al The Washington Post, que cubría la fuente policiaca.

El segundo, Loret de Mola, se forja bajo el cobijo del privilegio: ser-hijo-de, nieto-de. Representa el vaciamiento del periodismo, en el paroxismo de la imagen, una “Cara bonita” que con agrado lee lo que acontece desde una cómoda y segura redacción. Ese estándar de belleza endulza la realidad.

Edulcorar la realidad es la tarea fundamental de la actividad que desarrolla Cara bonita. No sólo se trata de un posible canon de belleza: es un niño bonito que viste trajes de marca, zapatos de más de 60 mil pesos. Lo banal del lector de noticias lo ha llevado a ser noticia por sus zapatos tornasol.

Mientras que Manuel Buendía se coloca en el otro extremo del arco, un gesto un tanto adusto, para algunos su aspecto, su forma de vestir, sus trajes, gabardina y su pistola, hacían pensar que era un policía, sinónimo de fealdad en la imaginería racista mexicana. Y sus zapatos muy probablemente gastados por su andar en búsqueda de la noticia.

Manuel Buendía tuvo durante su trayectoria periodística varias columnas: “Para control de usted”, “Soles” y “Red Privada”, emprendió sus andanzas en el periodismo en la revista “La Nación”, órgano del PAN. En 1958 comienza a publicar “Red Privada” en la Prensa, periódico del que dos años después es nombrado director, después de ser expulsado de este rotativo (1963), edita durante poco más de un año: “Crucero. Semanario de actualidad mexicana y mundial”; fue funcionario público, trabajó en la CFE, en el Departamento del Distrito Federal, Nacional Financiera y en el Conacyt en el área de comunicación social.

Manuel Buendía también se desarrolló como docente, tanto en la escuela de periodismo Carlos Septién García, como en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde impartió diversas materias hasta su asesinato en 1984. Buendía formó periodistas en el aula, pero también en la trinchera, con su práctica cotidiana creó un tipo de periodismo que desafortunadamente no tuvo continuidad.

En la otra punta del arco, el Niño bonito fue enviado por Televisa para realizar coberturas especiales en la Primavera Árabe, Libia, Afganistán, Indonesia, Japón, África, Haití y Siria, durante guerras civiles, hambrunas o catástrofes naturales. Corresponsales de otros países relatan que a la estrella del canal de… le montaban escenarios seguros y era protegido por fuerzas especiales, todo ello con el fin de escenificar el cliché del corresponsal, con todo y el consabido chaleco.

En la fantasía mediática del “Niño bonito” de la pantalla, tal vez estaban las legendarias transmisiones de Gary Shepard quien en directo permite ver a sus audiencias la caída de los miles de misiles scud que iluminaban fantasmagóricamente el cielo de Bagdad. Tal vez en el departamento de vestuario y caracterización de Televisa, la Cara bonita de Noticieros Televisa encontró el chaleco del remedo.

La actividad “profesional” del Niño bonito es un artificio, pretende equipararse a periodistas de la talla de Epigmenio IbarraJohn HollimanBernard Shaw y Peter Arnett. La actividad del Niño bonito en la pantalla es la artimaña del concurso de belleza, va del disfraz a la manipulación de la realidad. Crea noticias, montajes, víctimas y victimarios.

Manuel Buendía se destacó por sus columnas políticas donde develaba la corrupción del poder y los poderosos, denunció a Rubén Figueroa, el cacique vuelto gobernador, aquel que fue secuestrado por la guerrilla. En sus textos estuvieron en la mira la derecha mexicana, fascista… hasta llegar a la CIA y el narcotráfico.

La metodología periodística de Manuel Buendía —con la que construía sus columnas— consistía en una lectura detallada de la prensa, sigilosamente daba seguimiento a diversas notas para armar La Nota; combinaba las fuentes, tenía sus informantes anónimos, en la agenda del agente de la DEA —muy probablemente asesinado por la CIA— Enrique (Kiki) Camarena estaba el teléfono de don Manuel Buendía.

Manuel Buendía es el representante de un periodismo de investigación. Un columnista comprometido con su oficio, que fue asesinado el 30 de mayo de 1984 cuando salía de la redacción del periódico Excélsior, cinco tiros en la espalda del periodista y parece que tras de sí, la verdad también fue eliminada.

Para el maestro, Miguel Ángel Granados Chapa se trató del primer asesinato de la narcopolítica en México. El neoliberalismo en México implicó la fusión de política y narcotráfico, lo mismo que en Italia y en muchas partes del mundo.

El pasado miércoles, Netflix estrenó el documental: “Red privada ¿Quién mató a Manuel Buendía?”, dirigido por Manuel Alcalá. El material es un punto muerto, enuncia, pero no se atreve, es una recopilación testimonial de personajes de poca monta y dudosa calidad ética, combinados con los de periodistas de la talla de: Carmen Aristegui y Blanche Petrich. Pero Alcalá no llega al punto, no se atreve a responder la pregunta que inicialmente se planteó.

Muy probablemente el asesinato de Manuel Buendía esté en estrecha relación con el del agente de la DEA, Camarena. Y la suerte de ambos está vinculada en cómo en los años 80 del siglo pasado el Departamento de Estado norteamericano, la CIA y sus agencias, decidieron financiar la guerra contranicaragüense con cocaína comprada a los carteles colombianos y vendida en el mayor mercado consumidor de estupefacientes: EEUU.

En la muerte de Manuel Buendía está sellada la verdad sobre los inicios de la narcopolítica mexicana, sobre cómo el Estado norteamericano promovió la creación de agrupaciones criminales mexicanas con el contubernio de políticos mexicanos.

Manuel Buendía representa un tipo de periodismo que verifica la noticias, una, dos, tres veces, que se allega de diversas fuentes; que es amigo del poder, pero no depende de sus filtraciones y favores para hacer su talacha. No es casual que la policía federal se llevase el archivo del periodista, compuesto de cientos de recortes de periódicos, contenidos en bolsas de plástico.

A casi cuatro décadas del asesinato del periodista Manuel Buendía, la pista de aterrizaje del rancho de Veracruz parece una triste huella frente a un país vuelto una gigantesca fosa clandestina por aquella pista.

36 años han pasado de que las cinco balas en la espalda le quitaron la vida al PERIODISTA, hoy el periodismo mexicano se debate frente a ser un contrapeso del poder y militar abiertamente como oposición; un periodismo en decadencia, corrupto, que ha manipulado y mentido por décadas, que ha sido y es instrumento del poder.

Revisitar la obra y la actividad de un periodista como Manuel Buendía tal vez sea un punto de lanza de un ejercicio deontológico de los periodistas y medios. Buendía era noticia por develar la corrupción del cacique gobernador Figueroa. La Cara bonita de la noticia lo es, por inventar información y manipular a las audiencias. En ambas figuras se representa la disyuntiva del periodismo mexicano, dos formas de hacer y ser.

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